
Historias de ensueños, personajes inolvidables y palacios maravillosos permiten volver al pasado, desde Urquiza hasta el autor de El Principito forman parte de este recorrido que nos hace mirar hacia atrás.
El Palacio San José, por ejemplo, posee una imponente reja y está tapado por árboles y arbustos. El camino se encuentra flanqueado por árboles plantados simétricamente, y el lugar promete mostrar cómo se vivía en un verdadero castillo del Siglo XIX y cómo sucedió una significativa tragedia de la historia argentina.
Las paredes se encuentran iluminadas por faroles, las baldosas de los patios con pequeñas velas, y las dos torres laterales por potentes spots. El efecto de simetría fue ordenado por Justo José de Urquiza, quien mandó a construir esta morada en la década de 1840, con todos los lujos y adelantos europeos de la época
El contraste entre la vida de sus ocupantes y la de sus vecinos era abismal. El palacio había sido pensado para ser dividido en dos espacios bien distintos: el común, donde se hacían las tareas ancilares, y el privado, donde vivían Urquiza con su esposa y sus numerosos hijos.
Por otra parte, fue en la sala fatídica en donde Urquiza fue a refugiarse luego de haber recibido un primer disparo. Todavía están allí los impactos de balas en las paredes y se ve una mancha de sangre protegida sobre una puerta por una resina sintética que tiene aspecto de vidrio.
En la sala se ven en detalle los objetos de época expuestos, las ambientaciones de las piezas, los documentos que muchas veces aportan datos sobre la vida de Urquiza y su tiempo, o algunos detalles curiosos, como el grifo instalado en la habitación que ocupó Sarmiento para asombrarlo con el nivel de adelanto tecnológico de su casa.
El general Urquiza nunca viajó ni se alejó de sus propiedades entrerrianas cuando no participaba en campañas militares, pero sí recibía a mucha gente en sus palacios y residencias, por lo que no sólo era adelantado en la construcción de su palacio sino también en la concepción de sus negocios.
El Palacio Santa Cándida era uno de ellos. Pasó a la posteridad, y hoy todavía se conserva como otro ejemplo del modernismo que quiso impulsar en la provincia. Hasta hace poco fue un hotel de lujo a orillas del río Uruguay, cerca de la ciudad de Concepción. Hay rumores de que volverá a abrir en un futuro cercano; mientras tanto, algunos privilegiados pueden visitarlo luego de un paseo en lancha por las aguas del río. Se recorren así habitaciones de estilo, anchas piezas de techos altos, una arquitectura imponente que asemeja esta construcción a la de un palacete italiano.
Aunque cuesta creerlo cuando se lo visita hoy, pero el mencionado castillo fue algo así como la primera industria integral de la región. Se faenaban unas 40.000 cabezas de ganado al año; se salaba la carne, se procesaban los cueros, se transformaba la grasa en jabón y otros derivados, entre muchas otras operaciones. Y todo era exportado, sobre todo a Estados Unidos y Europa.
El tercer palacio a visitar está ubicado más al norte, en Concordia. Está dedicado a San Carlos y tiene una singular historia que lo vincula varias veces con franceses de paso por la región. Realizado con todos los lujos posibles para la época, fue construido por Edouard Demachy. Tenía un sistema de iluminación con gas, lo que era más que un adelanto para la época, la región y el presupuesto promedio.
El realizador del castillo llegó a la lejana Argentina para controlar uno de los negocios de la familia. A pesar de tantos lujos, el palacio fue habitado muy poco tiempo por sus propietarios: se terminó de construir en 1888 y Demachy y su familia regresaron a Europa sin dar explicaciones en 1891.
Hoy, en el Palacio San Carlos, se ven todavía los rieles de hierros ingleses, las marcas de los revestimientos de terciopelo de las paredes, los nichos de las escaleras de maderas traídas especialmente de Alemania, arañas de cristal, puertas o molduras. Quedaron muy pocas fotos y el edificio fue saqueado durante largos años por los vecinos de Concordia. Pero antes de convertirse en una ruina, afortunadamente rehabilitada y puesta en valor hace un par de años por la provincia de Entre Ríos, fue el escenario de una reconocida historia.
En 1929 vivía ahí otra familia francesa, los Fuchs Valon, que alquilaban la residencia a la Municipalidad de Concordia, que acababa de comprar la casona. Una avioneta tuvo que aterrizar de emergencia en los campos cercanos, y su piloto era Antoine de Saint-Exupéry, quien luego fue el autor de El Principito. En ese entonces, fue recibido por las hijas adolescentes de la familia, Suzanne y Edda.
Donde antaño estaba la caballeriza, hoy está el centro de interpretación y quedan las pocas fotos conservadas de las chicas que, según dicen algunos, inspiraron la obra. Silvina Molina es la guía oficial del sitio. Ha estudiado y compilado todo lo posible, y lo cuenta con entusiasmo y sabiduría.
El palacio sufrió un incendio a finales de los años ’30, cuando ya estaba desocupado nuevamente. El resto no es historia, ya que fue construido para un príncipe y terminó siendo el refugio imaginario de un principito.




