
Por: Luís Martín González.
Fotografías: Luis Martín García.
La primera sensación de olores y sabores indios la encontré sobrevolando Roma en un avión de la compañía Jet Arwais al degustar la comida en el vuelo. La amable azafata me ofreció menú vegetariano o carne de pollo, pero siempre aderezado y guisado con las especias tradicionales junto al arroz cocido con diferentes salsas y un delicioso té.
De Bruselas a Mumbay (Antes Bombay) hay diez horas de vuelo, y una diferencia horaria de cuatro horas y media más que en Europa.
La noche, envuelve y encierra misterios entre bellas edificaciones y sorprendentes templos. Tiene cerca de 20 millones de habitantes, con un promedio de 29 mil personas por km2, cuando la media de las grandes ciudades Europeas es de 5 mil. Se hablan alrededor de 200 lenguas y dialectos, destacando el maratí que lo utilizan un 43% de la población. Los hinduistas, como en toda la India, son mayoría y coexisten en perfecta armonía con el resto de las religiones.
Mumbay es una isla comunicada con tierra firme mediante puentes, situada en una estrecha franja de terreno que surge de la costa pantanosa de Maharashtra adentrándose en el Mar Arábigo. Esta sorprendente y chocante ciudad, es el principal centro económico de la India y el más importante núcleo de comunicaciones de todo el país.
En el centro de la ciudad, y muy cerca de la estación de Mahalaxmi, se encuentra la mayor lavandería al aire libre de Asia. En un terreno de 160 hectáreas, miles de personas se dedican a lavar a mano montañas de ropa que llega de empresas privadas y públicas, hoteles y hospitales. Los lavanderos pertenecen a la casta de los Dhabi, uno de los extractos más bajos en la jerarquía Hindú. Se trabaja de sol a sol, percibiendo por el trabajo, el equivalente a dos euros cincuenta por persona. Este recinto fue construido por los británicos a finales del siglo XIX.
Parto por la mañana del aeropuerto Internacional Chhatrapati Shijavi, vía Cochín o Kochi , para llegar al paraíso tropical de Kérala , estado independiente situado al suroeste de la India, lugar que conjuga sitios atractivos como la iglesia católica más antigua, estrechas calles presididas por mezquitas y edificios portugueses de hace más de 500 años, redes de pesca china, una comunidad judía, una sinagoga del siglo XVI y un palacio regalado por los portugueses al Rajá de Cochin, cosas que les contaré a continuación al acabar mi recorrido por sus lagos.
Para recorrer las aguas que bañan Kérala, alquilo una “kettuvallams”, una barcaza que años atrás se dedicada al transporte del arroz y del té, construidas con hojas de cocotero, maderas de teca, anjili, aracanut y cañas de bambú atadas con cuerdas y que ahora puede ser hotel flotante y lugar de navegación para turistas que deseen adentrase por los backwaters, la red de canales que rodean una exuberante vegetación tropical que recorre toda la región de Kerala, en un ambiente de relax entre naturaleza , viendo cómo vive la gente en sus orillas y perdiéndose en esta tierra olvidada por el tiempo.
Me acomodo sobre la cubierta y observo las barcazas que recorren estos cálidos remansos por los interminables lagos. Esta es la zona más húmeda de la India. Es un lugar extenso regado por el mar de Arabia y el Índico, atravesado por ríos, canales, lagos y lagunas. Todo el estado de Kerala está regado por este paraíso natural de sur a norte con un recorrido de cerca de dos mil kilómetros.
Navegando tranquilamente y perdiendo la noción del tiempo, saboreo un agua de coco con un poco de ron, y me adentro poco a poco con un silencio sepulcral, sólo roto por el canto de los pájaros (y no es un típico tópico), en una gran explanada de verdes arrozales situados a ambos márgenes de los canales junto a pequeñas viviendas con ganado, huerto y barca amarrada a la puerta que adornan el bello marco de este cuadro paradisíaco.
Después de esta agradable aventura, pie a tierra me dedico a descubrir la ciudad de Cochin, situada más al norte, y fundada en el segundo viaje que realizó Vasco de Gama en 1502, tras el descubrimiento de la ruta que bordea África por el Cabo de Buena Esperanza. Es el primer puerto de Kerala y se la conoce como la “reina del mar arábigo”, popular en tiempos de los romanos por ser zona de paso de la Ruta de la Seda por mar. Ahora podríamos decir que hay dos ciudades distintas, la nueva y moderna ciudad de altas edificaciones y comercio occidental y la vieja denominada Fort Cochi con sus barrios antiguos y su comercio tradicional y artesano.
Al caer la tarde con la puesta de sol, los visitantes fotografían las “cheena vala”, o redes chinas. Estructuras construidas con largas pértigas de hasta 10 metros que sujetan una gran red que se sumerge extendida en la entrada de la bahía, zona de paso de los peces. Cada cierto tiempo la red se levanta ayudada por un sistema de contrapesos a base de grandes piedras. Las instalaciones se conservan como hace cinco siglos, aunque los pescadores dicen que desde el último “Sunami” la pesca ha descendido.
Al entrar en los barrios más antiguos de Fort Cochi y Mattancherry encontramos una mezcla del Portugal medieval, la Holanda tradicional y una aldea Inglesa incorporados todos en la Costa de Malabar. Esto, unido a la sinagoga judía y a la iglesia católica de San Francisco, hacen de esta ciudad un punto encantador en la geografía para recordar como uno de los más bellos creados por el hombre y la naturaleza.
Hacer kilómetros por carretera en la India no es ni fácil, ni rápido, ni seguro… el abundante tráfico, el estado de las carreteras y la anarquía a la hora de conducir, te obligan a echar cuatro horas para recorridos cercanos a los doscientos kilómetros, distancia que me separa de Cochin a Kalamandalan, el pueblo donde se encuentra la escuela más importante de formación y danza de “Kathakali”.
Este lugar es uno de los más valorados y se le considera la cuna del entrenamiento y el templo de las artes, donde se preparan desde temprana edad las personas que quieren practicar este colorido y significativo genero tal y como se concibió hace más de 500 años. El nombre deriva del malayo “katha” (historia) y “Kali” (jugar)
Se podría decir que el Kathákali es más una representación teatral que una danza (proviene del teatro sánscrito) que en alguna de sus partes incorpora danzas. Los intérpretes llevan un fuerte maquillaje en su rostro empleando hasta cuatro horas en pintarse con tintes y productos naturales como la arcilla, acompañados de unos trajes y tocados específicos. Los personajes son maquillados dependiendo del papel a interpretar, que es lo que determina el color del rostro. La cara de un noble, como un poderoso rey, son verdes. Los llamados personajes malvados se visten y maquillan de rojo.
La técnica del Kathákali incluye un complicado lenguaje de gestos, a través del cual el artista puede decir frases e incluso historias .Los movimientos del cuerpo y de los pies son muy rigurosos. Para conseguir la flexibilidad y el control muscular del bailarín hay que estar muy en forma y tener un gran entrenamiento, unido a un servicio especial de masajes. Para conocer todas las técnicas hay que prepararse durante ocho o diez años.
Un buen actor de kathákali llega a un punto de concentración que es capaz de reír con un lado de la cara y llorar con el otro.
Esta belleza artística estuvo a punto de desaparecer y se recuperó con este centro en el año 1930, formando parte hoy del patrimonio cultural indio.
El chofer de la furgoneta está a punto de decirnos adiós, yo nunca olvidaré que Radharrishna, (así se llamaba), cada mañana antes de hacer los primeros kilómetros, paraba en un puesto de flores y compraba una tira guirnalda de jazmines que posteriormente ponía en una bandejita en el salpicadero del coche, donde había una figura del dios Ganesh tocándose con la mano derecha el pecho y la frente. El dios Ganesh goza de gran popularidad en la India. Tiene cuerpo de hombre, con una gran barriga y la cabeza de elefante (símbolo de la sabiduría). Es un dios simpático, inteligente y amable que quita los obstáculos y da buena suerte. Por eso se le invoca al comenzar cualquier empresa o viaje y se coloca su imagen sobre las casas o en los vehículos.
Creencias aparte, tengo que decir, que nunca he pasado tanto miedo por las carreteras como lo que he pasado en la India. Sí, efectivamente el dios Ganesh me ha protegido por los caminos de la India que encierran misterios, pasiones, culturas e historias de diferentes religiones junto a un tráfico anárquico y peligrosísimo. Prometo no desprenderme de una pequeña figura del dios Ganesh que llegó a mis manos hace tiempo para, así, poder seguir contando viajes y vivencias por los cinco continentes bajo su tutela y protección.



