
En el corazón del mar Mediterráneo emergen dos paraísos: Ibiza y Menorca, islas que forman parte del archipiélago de las Baleares. Playas y calas de ensueño, aguas cristalinas, hermosos parajes, temperaturas suaves y un sol que regala a estas islas una luz muy especial.
Existe una isla idílica, rodeada de calas recónditas y playas de gran calidad, con sol y temperaturas suaves todo el año. Un rincón enclavado en medio del Mediterráneo, en el que existen arenales, parques naturales y parajes de excepción, con un rico patrimonio artístico fruto del mestizaje cultural, y que, por muchos motivos, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Así es Ibiza, la isla blanca. En Ibiza aguardan 210 kilómetros de costa, en la que se suceden calas acogedoras y diminutas, pero también largos arenales de tierra blanca y extensiones de dunas. Calas y playas tienen algo en común: un agua cristalina que invita al baño, y un paisaje que atrapa al visitante por su belleza.
La isla esconde multitud de rincones que vale la pena descubrir. Lo mejor es recorrer, sin rumbo, las ensenadas que surgen, a veces de forma abrupta, frente al mar, y dejarse seducir por su embrujo. Las actividades náuticas son otro de los grandes atractivos de la costa ibicenca. Se puede practicar la vela, el submarinismo, el piragüismo y el esquí acuático.
Pero Ibiza es mucho más que mar, playa y sol. Lugar de paso de numerosas civilizaciones, esta isla es el resultado de un mosaico de culturas y de distintos pueblos que, a lo largo de miles de años, dejaron su huella en este enclave de las Islas Baleares. Gracias a esta riqueza cultural y natural, Ibiza ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Basta con contemplar el yacimiento fenicio de Sa Caleta; la necrópolis de Puig des Molins, de la misma época, donde se conservan unas 3.500 tumbas subterráneas; o pasear por Dalt Vila, el centro histórico de la ciudad de Eivissa, un museo al aire libre salpicado de conventos, palacios, murallas, iglesias y calles estrechas. Esta riqueza cultural también se refleja en la agenda artística de la isla, rica en exposiciones, conciertos, conferencias, teatro…
Menorca
Tranquila, hermosa, con una costa de contrastes que esconde algunas de las mejores calas de todo el Mediterráneo. Así es Menorca, una isla declarada Reserva de la Biosfera. Un lugar en el que se respira paz y naturaleza.
Menorca vive de cara al mar. Con sus casi 300 kilómetros de litoral y más de 2.700 horas de sol a lo largo del año, la isla más tranquila de las Baleares es una sinfonía de colores y paisajes. Lugares idílicos apenas alterados por la mano del hombre y que hacen de Menorca un paraíso. Son muchos los motivos para conocer esta isla, pero sin duda su costa ocupa, entre ellos, un lugar privilegiado. Menorca es una sucesión de calas y playas, que varían por completo de norte a sur. El norte, azotado por el viento de la tramontana, es un terreno abrupto, duro. Se trata de una costa de piedra oscura, salvaje. Mientras, al sur, el paisaje se suaviza y surgen calas de arena blanca y fina, situadas entre pinares que casi llegan a pie de playa. Muchos de ellos son arenales a los que sólo se puede acceder caminando o bien en barco. También hay playas más concurridas por los turistas, cuidadas y limpias, frente a unas aguas de colores azul turquesa, ideales para practicar actividades náuticas, como el submarinismo, el snorkel, la vela, el piragüismo o el windsurf, entre otras. Este equilibrio con la naturaleza queda patente, además, en el interior de Menorca. Valles, pequeñas colinas y barrancos conforman un hermoso paisaje que cautiva desde el primer momento. Pueblitos, monumentos milenarios de la época prehistórica, casas de campo, grandes praderas y un rico patrimonio histórico surgen en el camino y por los senderos que atraviesan la isla. En definitiva, un lugar para perderse en contacto con un entorno natural incomparable.





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