21 agosto, 2019

Cuando el arte es turismo

Allí, en el lugar de los hechos, la blanca pared, ya sin la obra retirada, y Cristina Pardo, la de la Sexta, en el suelo; el cámara a su lado captando imágenes de la pared mientras la gente pasaba mirando sorprendida. El cuerpo del delito ya no estaba allí pero, curiosamente, es lo primero que se ve nada más entrar en el recinto del arte.

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Hay que seguir el camino, hay que mirar para ver, para captar, para entender. El arte contemporáneo no es la belleza a la que las gentes del siglo XIX acostumbraban a ver. Aquellos artistas institucionales que hacían trabajos por encargo de los Reyes para pintar sus figuras, a sus bellas esposas, rodeadas de lujos, en palacios, vestidos elegantemente y mirando con displicencia al respetable…no, de todo aquello no se va a ver a ARCO. Aquí se viene un poco a crisparse, si cabe, un poco más. Un poco más de lo que ya estamos, muy crispados. Aquí se viene dispuesto para hacer, incluso, un estudio sociológico entre lo que nos quiere decir el artista y lo que vemos nosotros. El arte contemporáneo tiene mucho de crítica social y es muy bueno que ocurra eso porque propicia el debate, y tras el debate, la polémica, el cambio, la evolución.

Sigamos caminando, alejémonos del cuerpo del delito y dejemos a Cristina que haga su crónica. Después ya la veremos en los medios donde ella aparece.

Nos fijamos en unas bandejas de aluminio de las que se usan para introducir en el horno. Las vemos colocadas sobre la pared, a modo de rocódromo. Vemos también una manta vieja y doblada sujetando parte de un radiador. Varios cinturones de caballero anudados y entrelazados simulando una alfombra. Dos cabezas de toreros a las que les han colocado dos candelabros a modo de cuernos. Vemos una serie de cabezas decapitadas, horrendas, sobre una superficie lisa. Todo muy evocador. Ah, un tanga femenino con prominente vulva con dos coletas a lo Pipi Calzaslargas.

Una bañera vieja, con agua, de esas que vemos en los puntos limpios, o peor aún, en una finca de pueblo que la conservan para recoger agua de lluvia. Todo muy sugerente, que va dejando en el espectador una especie de no saber qué decir ni qué pensar, pero uno descubre con todo esto que los artistas están siempre atentos a lo que acontece.
Imágenes de la guerra de Siria, fotografías de ciudades destrozadas, figuras de hombres, esculturas macabras, retorcidas unas sobre otras, rostros de dolor. Las imágenes nos llevan a pasadas guerras a atrocidades que creíamos estaban obsoletas. Vemos imágenes de rostros amordazados con hilos que rodean sus rostros maltratados por la vida, como esos recortes de prensa, obituarios, de mujeres valientes como Irena Sender, que salvó 2500 niños judíos en Varsovia. Nos llama la atención este artista porque muestra la noticia de esas mujeres heroicas, pixelado el resto de la página.

Lo que vemos en ARCO puede gustar o no gustar, puede sorprender y dejarnos fríos. Pero lo que no se puede negar es que el arte, todo tipo de arte, es el espejo donde la sociedad se refleja. Y la sociedad, tal y como la vemos es injusta y los artistas dan fe de ello. Nos guste o no, repito.

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También, los paseantes, anónimos, o no tanto, y conocidos, como Joaquín Torres, abrigo ceñido a cuadros, actores y periodistas (estrellonas) como Cristina Pardo, sentada en el suelo, afanada en su móvil. Interesante el modelaje del personal: zapatos, sombreros, fulares, encajes sobre medias de lana. Gran estilismo muy estilo Arco, claro. Al respecto me decía mi amiga Mirjana que en Arco se ve gente que no se ve por ninguna parte.¿¿¿:::???

Mi pregunta, tras recorrer los dos pabellones donde se instalan las distintas galerías siempre es la misma: ¿Qué criterios se manejan para definir una obra de arte de otra que no lo es? ¿Qué importancia tiene la estética, la belleza en esta comprometida labor?

No faltan nuca los clásicos, los históricos de la feria como Genovés, Chillida, Miró y otros. Como tampoco faltan personajes, ya integrados en la propia feria como Juana de Iaizpuro, como una obra de arte más, como Helga de Alvear.

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Sigamos en nuestro recorrido. Eduardo Arroyo nos habla de las moscas que aporreaba su abuela y nos sumerge en un creativo diálogo con ellas, con las moscas. Quién no ha tenido una abuela que mataba moscas, allá en el corral de su casa del pueblo. Las moscas han formado parte de nuestra vida, de nuestra imaginación. Contemplando la obra de Eduardo Arroyo me acordé de una pobre mosca que fue descuartizada por un sobrino mío de seis o siete años mientras yo lo observaba entre fascinada y horrorizada. En escena los dedos del niño aprisionando a la mosca. Primero le arranca una pata, después otra y otra mientras la mosca se agitaba de dolor, supongo. Después le arranca un ala y a continuación la otra. La mosca iba moviendo las partes del cuerpo que le iban quedando. Al final, el niño le arrancó la cabeza. La mosca dejó de moverse. Dice el niño: «no se mueve», claro, la has matado, le dije. «Pues qué delicada» . Esa fue su respuesta. Pese a que han pasado muchísimos años de aquello, nunca olvidaré aquél descuartizamiento. Como tampoco olvidaré aquella respuesta lapidaria, feroz y sin compasión.

El arte, hoy no tiene compasión y se nos muestra tal cual, con la misma filosofía que aplicó el niño con la mosca.

Escrito por: Concha Pelayo

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